Pedantes

Unos meses atrás tuve la suerte de asistir a un ciclo de conferencias muy interesante. El último de los ponentes fue quien tuvo más éxito captando la atención de los que asistimos, para bien o para mal. Era el más joven de ellos, el más enérgico, el que usaba un lenguaje más cercano, el que más se movía sobre la tarima. A ratos se sentaba sobre el borde de la mesa con aire informal, otras veces bajaba del estrado y se mezclaba entre las sillas de los oyentes para ser uno más. Desprendía y contagiaba seguridad, sabía bien lo que hacía.

Durante los primeros minutos logró mantener a la audiencia embelesada. Comenzamos a advertir, sin embargo, que en ocasiones dejaba escapar alguna que otra palabra malsonante, momento que algunos aprovechamos para mirar de reojo al supervisor del ciclo: un reputado catedrático, especialmente correcto en las formas, que supo mantener la cara de póquer.

A medida que la charla continuaba, se iban repitiendo más y más estos intentos de proximidad, que producían el efecto contrario al deseado por el orador. La intención de romper con la tónica de la formalidad en las ponencias anteriores parecería una buena idea en cualquier otra situación, pero por algún motivo no estaba funcionando. Se comenzaba a palpar algo de tensión en el ambiente. Quizá la personalidad arrolladora del conferenciante tenía algo que ver. Quizá porque hablaba demasiado de dinero, y se jactaba de no haber terminado los mismos estudios que seguíamos cursando los allí presentes. Quizá representaba el ideal de algunos, inalcanzable a corto plazo; y quizá el antagónico de otros, que no querían avanzar en aquella dirección. Sea lo que fuere, entre sus innumerables consejos cabe destacar aquel en el que más hacía hincapié: “no seáis pedantes.

Fuente: flickr.com

No se trata de desprestigiar aquí a nadie, que por otra parte no tendría ningún sentido puesto que aquel hombre se dedicaba a vender , y sabía cómo hacerlo. Además, hablar en público no es fácil, y este parecía ser su medio natural. Se trata de deshuesar la expresión “ser pedante” o, mejor aún, de reflexionar sobre lo que significa para cada uno. A juzgar por el lenguaje del ponente, el significado que le otorgaba era evidente. Pero más tarde, cuando tecleé su nombre en la web (nos invitó a hacerlo) y di con su página personal, donde encontré todo tipo de contenidos, me sorprendí al observar el peso que tenía allí el lujo como forma de vida, la ostentación. Si aparecía comida, era langosta, angulas o carpaccio de algún animal que creía extinguido. Si aparecía bebida, era un buen vino (con la etiqueta particularmente bien visible). Una y otra vez, la palabra coche era sustituida por la palabra Audi.

La RAE da un significado algo más amplio del término, pero imagino que el sentido más aceptado es el que insinuaba el orador. Por supuesto, se puede hacer “alarde de erudición” usando un lenguaje más o menos erudito, pero las palabras rimbombantes tienden a corroborar los prejuicios de quien las escucha con mayor rapidez. Depende en gran medida del contexto en el que se usen, claro, pero este parece ser el sentimiento más generalizado. Son una ofensa, la sensación del te estás riendo de mí, o del quién te crees que eres. No se contempla la posibilidad de que el lenguaje con el que se habla sea el mismo que el lenguaje con el que se piensa. No. Es pedante. Parece más adecuado moldear las palabras para adaptarlas a la presunción que se tiene del interlocutor, y condescender, e infravalorar.

Quizá se puede ser pedante, o engreído, o pretencioso, de formas muy distintas. Quizá se puede lograr usando la metonimia Audi, o usando la palabra metonimia. El espectro de lo cargante puede ser muy amplio. Al fin y al cabo, la sentencia la dictamina el juez, no el acusado. Tal vez en lo que todos coincidamos sea en el mal recibimiento que tienen algunos consejos, sobre todo los no solicitados.

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