Yo no veo a ningún elefante

Ya son casi mil muertos en el desastre de Bangladesh, y la difusión que ha tenido la noticia no ha correspondido a la magnitud de los hechos. Al parecer, ni siquiera las empresas occidentales que importan la ropa de allí son plenamente conscientes de las pésimas condiciones en las que trabajan los empleados de la industria textil. Todo el mundo se echa las manos a la cabeza, intenta limpiar su nombre mediante algún comunicado, unos cuantos cierres de industrias, algún arresto, un lavado de cara del asunto y listo. Escribir sobre todas estas “grandes” medidas que se están llevando a cabo, sobre los salarios, las edades de los empleados, las jornadas de trabajo, etc., se escapa a mis competencias y a mis inquietudes aquí, y ya se ha escrito sobre ello. Aunque es importante conocer todos estos datos para percibir someramente la dimensión del problema.

Es algo que todos conocemos, nada nuevo. Sabemos de la procedencia de las prendas que compramos en esas tiendas en las que escuchamos música sintética. En las etiquetas viene reflejado, eso sí, con un tamaño de letra muy inferior al del precio, lo cual resume a la perfección la esencia de toda esa maquinaria. Y sabemos que es injusto, nos afligimos cuando descubrimos una catástrofe de esta índole, dejamos escapar alguna palabra que exprese nuestro desdén, y poco más. Este fin de semana salimos, y necesitamos algo nuevo que comprar para ponernos. Lo necesitamos.

Lo que viene antes a la cabeza ante algo de semejante envergadura es un “y qué le vamos a hacer”. Podríamos entrar en un debate infinito que no nos llevaría a ninguna parte, vamos a soslayarlo aquí. También hay que señalar que las principales preocupaciones del momento tienen más que ver con problemas cercanos, que no son pocos. Pero lo sorprendente es que ese encogimiento de hombros no se genera de forma tan automática ante otras cuestiones igualmente complejas, de distinto carácter, como pueden ser el aborto, la eutanasia, el maltrato, la corrupción, el medio ambiente, los derechos de los animales, etc. Hay una infinidad de causas e idelogías a las que apoyar o en las que posicionarse, cada uno elige (o no) la suya, o las suyas, y las defiende más o menos directamente. Pero hay una lucha clara, si no gritada, al menos interna. La cuestión textil, sin embargo, es lo que los angloparlantes denominan an elephant in the room.

Fuente: wordpress.com

¿Cuáles deben ser los motivos para que nos importe tan poco? Porque nos afectan menos esas muertes que ese vídeo de un hombre golpeando a un perro, o ese otro del político de turno metiendo la pata en el Congreso. No exageremos, podemos pensar. De acuerdo, las muertes de cientos de personas siempre tendrán una posición privilegiada en nuestro código moral, ese que tenemos en la repisa del mueble de la entrada, recibiendo a nuestros invitados con gesto solemne. Pero, ¿realmente ocupan un porcentaje de tiempo equivalente de nuestros desvelos? Quizá dediquemos más tiempo a pensar qué ponernos esta noche.

Tal vez, la causa última sea que no tengamos un objetivo claro al que apuntar: un maltratador, un corrupto, un inmoral, un enemigo visible y focalizado. Alguien o algo sobre el que verter nuestra ira y reclamar justicia. Aquí parece que ese objetivo está difuminado, que la culpa está esparcida por todas partes y que nos salpica. Sí, nos salpica. Formamos parte de esa cadena, consentimos y alimentamos su funcionamiento. De no ser así, nuestro modo de vida se vería alterado, y la opción de gritarnos en el espejo mientras nos probamos ropa no resulta muy apetecible.

Es posible que el origen de esta paradoja se encuentre en que hayamos confundido el orden con el que construimos nuestro sistema de valores. Que hayamos empezado por el final, probablemente por simplicidad, que apoyemos causas que son importantes y necesarias, pero que quizá debieran ocupar un segundo o tercer lugar, sin olvidarlas por ello. Que nos hayamos identificado con la  lucha contra el enemigo externo sin habernos parado lo suficiente a discutir con ese con el que dormimos. Puede que además sea conveniente devolver el significado que merece a la palabra necesitar.

Y no hay que ser hipócritas, dentro de unos días tendremos que ir a por una o dos prendas nuevas y tampoco estaremos haciendo daño a nadie. Sería suficiente con que al menos nos detuviésemos un segundo  extra, que dejemos de eludir a ese elefante, que se remueva algo ahí dentro de vez en cuando y podamos hablar del tema, que nuestro próximo emblema revolucionario tenga menos atavíos y más desnudez. Que si hay que escupir a alguien, no sea tan mala idea empezar escupiendo hacia arriba. Quizá, segundo a segundo, algún día podamos completar el minuto de silencio.

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