Entereza

Cuando traspasas el umbral de una estancia donde descansa un enfermo puedes sentir cómo la gravedad se acentúa, cómo tu cabeza desciende ligeramente sometiéndose a la pesadumbre. Aguantas unos segundos para exhalar, y procuras que sea de forma imperceptible, como si expulsar el aire con una intensidad normal pudiera significar que la situación no te sobrecoge. Nunca usas sombrero, pero en ese momento te gustaría hacerlo sólo para poder quitártelo. Durante los primeros segundos, es posible que estés más preocupado por mostrar respeto y compasión, aunque reales, que por el propio enfermo.

El enfermo no parece estarlo, porque su enfermedad es de esas que acaban con uno lentamente, desde dentro, así que su cáscara está prácticamente intacta. No has venido solo pero los demás visitantes están tan afligidos como tú, lo que dentro de unos minutos tendrá aspecto de grupo todavía es un conjunto de individuos taciturnos. La única persona que desprende energía en la habitación es precisamente la que menos tiene en reserva. Esa persona parece estar más viva que nunca.

Parte de la vitalidad proviene del deseo de mostrar su mejor cara, de alegrar a sus visitas, de irradiar y contagiar entereza. Es su deber, su forma de corresponder a la atención que le están prestando. Pero esa es sólo una pequeña parte. El resto proviene de un valor desmesurado, de un esfuerzo titánico y diario que le obliga a mantenerse siempre por encima del nivel medio, como margen de seguridad ante los ineludibles picos de la curva.

El enfermo está rodeado de objetos. Regalos y recuerdos que su seres queridos han ido esparciendo por la habitación a lo largo de los días, de los meses. Objetos nada ostentosos aunque muy elaborados, muchos de ellos artesanales. Objetos que el enfermo muestra entusiasmado mientras explica sus distintos orígenes. “No subestiméis la importancia de los objetos”, leí una vez.

Esa persona tiene un grave problema, el Problema. Tú sabes que todos tenemos problemas, aunque no pueden compararse con el Problema. También sabes que hay personas con problemas más graves que los tuyos, pero eso no aligera tu carga, puesto que cuando aparecen, no puedes ignorarlos sólo porque los de otros pesen más. Además, el más grave de tus problemas, por liviano que sea, será el que establezca el límite superior de tu pesadumbre, la cual oscilará bajo ese margen, agotándote tanto como a otro que tenga el límite muy por encima. Por tanto, para ti, tus problemas son algo grave. Sabes que no son el Problema, pero pesan.

Pero también sabes que jamás contarías a la persona que está enferma tus problemas. Te morirías de vergüenza y te sentirías despreciable si le confesaras tus ridículas preocupaciones. Y es que tus problemas no son como el Problema. Tus problemas son más bien una musculatura enclenque, incapaz de levantar problemas.

Esa persona tenía el Problema. Intentar mandar mensajes al viento como si pudiera recibirlos no tendría mucho sentido y sólo inducirían al dolor lacrimógeno. Desear no sufrir la misma suerte, bueno, el azar no acepta peticiones. Quizá lo más sensato sea tener presente la mejor de sus innumerables virtudes, e intentar adoptarla como propia, y entrenarla. Así, si alguna vez aparece el Problema, tal vez los músculos estén más preparados. El problema de el Problema no es que el peso finalmente venza, sino que parezca pesado.

Hipnotizadores

Al final, ¿qué tal estuvo la película de anoche? —porque lo cierto es que me estaba aburriendo y preferí retirarme a hacer alguna otra cosa.

Genial. La historia estaba muy currada, resulta que va de un tipo que —¿Va de un tipo que? No entiendo muy bien eso, estuve con él hasta casi la mitad, no comprendo la necesidad de comenzar con un “va de un tipo que” para explicarme si fue buena o mala— está dentro de la máquina del videojuego, ¿vale? Y resulta que está cansado de ser siempre el malo del videojuego —No, no pretenderá contarme la película entera, yo sólo he preguntado qué tal estuvo, y he empezado la frase con un “al final”, eso debería bastar para sugerir brevedad, conclusión, remate— y que nunca se lleve él los aplausos —parece que sí, allá va, y siempre se los lleve el bueno. Total —Usa muchas coletillas, siempre las usó como relleno para contar historias, y es cierto que tiene toda la labia que yo nunca tuve, si no en cuanto a grandilocuencia, al menos en cuanto a desparpajo, pero debería evitar tanta coletilla, resulta agotador escucharlas—, que el tío se sale de la máquina del videojuego por el cable de la corriente para ir a otras máquinas…—Me recuerda a un relaciones públicas, uno de esos que te intercepta por la noche y te invita a entrar en el magnífico garito de quien le paga poco, que siempre está lleno y tiene la música que a ti te gusta pero que nunca antes habías encontrado en un antro a esas horas, con mayoría de chicas dentro si tienes pinta de heterosexual, mientras hace malabares con las manos para hipnotizarte y favorecer la comunicación, agitando despreocupada aunque insistentemente alguna tarjeta donde pone “copa a 4 euros” con la tipografía más festiva que tenían en la imprenta, con la actitud de quien ha invertido en tu regalo más que tú en el suyo y no quiere parecer insolente, pero que está dispuesto a entregártelo no sin antes insinuar que quiere que se le dé coba, intentando no desatender a ninguna de sus presas con la mirada, pero deteniéndose algunos segundos extra en el que más aspecto de cabecilla tenga—…y se encuentra con una niña que…—Este fin de semana podríamos salir, aprovechando que estamos aquí todos. A ver si en esta ocasión nadie se queda en casa.

¡Rompe Ralph! Fuente: vandal.net

Tal vez debería prestarle más atención, creo que ya he desviado la vista varias veces—…total, que —Uf— resulta que no era un fallo informático, ¿vale? En realidad era…—Me pregunto qué pensarán sus amigos, si coincidirán con mi opinión sobre él. Si dirán: “es un buen tío, pero a veces se extiende demasiado”. Lo cierto es que habla mucho pero dice poco, como un político. No, el primer papel era más acertado, el de relaciones públicas. Si trabajásemos en la noche y obviáramos mis dimensiones, probablemente él haría de relaciones públicas y yo de portero. Sí, lo mío sería la parquedad y observar con altivez  la cola de personas a escasos metros y minutos de la puerta, ignorando por completo a los clientes más cercanos que estén a punto de entrar— …que era quien al principio decían que… —La cortina nueva no tiene exactamente la misma tonalidad que la antigua, pero casi— …entonces tiene que llevarse la medalla para que… —Debí interrumpirle antes, no tendría sentido hacerlo ahora. Lo mejor será seguir en silencio, alternando mi interés entre sus ojos y la pantalla, ganando sutilmente esta, haciendo ver que le escucho pero que la crónica no me apasiona— …y traerla a su máquina para que todos la vean porque… —Se ha decidido por una estrategia similar. Sus ojos dedican más segundos al televisor que a mí, pero esta aparente indiferencia por continuar la narración no parece reflejarse en su tono de voz, que sigue enérgico y no piensa amainar hasta el final, si es que llega—…entonces resulta que al final… —Sí, sí que llega— y todo se soluciona. Pero es que está muy bien hecha y —Vamos hombre, tampoco es necesario detallar tan minuciosamente una película dirigida a un público mayoritariamente infantil, ni creo que tenga un argumento tan sofisticado como para ser merecedor de tal derroche de saliva, que me perdone el señor Disney. Por qué no disfrutar de unos minutos de silencio, qué manía con menospreciar el silencio, como el peluquero que siempre me hace las mismas preguntas como si fuera la primera vez que me pela, introduciendo una y otra vez el tema del fútbol que no me interesa y que me ha confesado que a él tampoco, pero que lo hace por hablar de algo con los clientes, quieran o no. Quizá el problema lo tengo yo, que nunca sé cómo cortar a quien me cuenta su última aventura, y esa falta de decisión puede interpretarse como un gran deseo de escuchar cualquier cosa, debo tener aspecto de buen contenedor de mercancías, sin duda— …gustado bastante, está muy bien —Ahora parece que sí, giraré la cabeza lo más rápido posible hacia el televisor como si este hubiese estado llamándome desde hace un rato y yo hubiese optado por esperar al final del discurso para no ser descortés, con la mano levantada mientras tanto, indicando que espere, que en un minuto estoy con él. Pero tengo que hacerlo en el menor tiempo posible, si me detengo tan sólo unas décimas de segundo de más, estaré invitándole indirectamente a continuar la charla, sugiriendo de alguna forma que me entusiasman las películas de animación o peor aún, que me las cuenten de principio a fin—. Esta noche podríamos ver una que me han dicho que está genial también, va de un tipo que… —Tarde.

Seamos sinceros

— Seamos sinceros, las calles no están hechas para ir cogidos de la mano. En una ciudad media, con aceras de ancho medio, caminar de esta forma impide el paso a los transeúntes con más prisa que nosotros, que intentan adelantarnos, sortearnos de una forma ridícula y torpe. Y además, alguno de los dos tenemos que ir esquivando las farolas, las papeleras, los árboles y a los que vienen de frente.

— Supongo.

— Disfrutar de un paseo así es todo un inconveniente para los demás peatones, que no tienen culpa de que ese día, tú y yo, hayamos decidido obstaculizar la vía. Y también es un inconveniente para nosotros mismos. Intentar llevar un mismo ritmo se hace complejo, antinatural, provoca que choquemos nuestros hombros y que nos cueste mantener la dirección recta del paso.

— No lo había pensado.

Málaga. Fuente: diariosur.es

— Y qué decir de las manos, que comienzan a transpirar pasados unos minutos, quitando todo el romanticismo a la escena y generando una situación incómoda, una disyuntiva entre soltarme de tu mano por higiene y parecer desconsiderado, y seguir tomándola para parecer detallista aunque descuidado.

— A mí no me importa.

— Pero a mí sí, me da vergüenza. Además, se hace difícil caminar cómodamente, los brazos que tenemos unidos se balancean a la vez, pero los exteriores lo hacen al ritmo que marcan nuestras piernas, las tuyas y las mías, que no tienen por qué llevar el mismo compás. El resultado es un vaivén absurdo, asimétrico.

— Creo que empiezo a notar esa incomodidad de la que hablas.

— ¡Por supuesto! No me malinterpretes, es justamente eso, una cuestión de comodidad. Y cada vez que uno se detiene a ver el escaparate de una tienda, o se desvía del rumbo sin previo aviso, es un tirón del brazo que se lleva el otro.

— Es posible que tengas razón. O a lo mejor es algo que te molesta más a ti que al resto del mundo.

— De ninguna manera: es así. Pero la mayoría nos resignamos porque pensamos que así seremos más atentos. Como cuando dormimos en una posición enrevesada sólo por abrazar a nuestra pareja, aunque estemos deseando girarnos hacia el exterior de la cama.

— Bueno, eso es diferente, dormir implica adoptar una postura cómoda.

— Es posible pero, volviendo a las aceras, es indiscutible que las calles no están hechas para andar en paralelo. Seamos sinceros, no están preparadas para cuatro pies que avanzan de forma simultánea, son caminos demasiado estrechos. Hay un exceso de pies o una falta de camino.

— Seamos sinceros, tal vez sobren dos pies en tu camino.