Perfiles cincelados

El tema de esta entrada es abrumadoramente complejo y lleno de resquicios. Para desglosarlo adecuadamente sería necesario todo un libro, y alguien con más tiempo, pretensiones y perspicacia para escribirlo. Aún así, y teniendo claro que lo que prosigue no es más que un trazado a mano alzada del Guggenheim por parte de un ciego con dispraxia, nos lanzamos a la piscina para chapotear unos segundos antes de ser reanimados por el socorrista. Juguemos.

Las redes sociales surgieron como una nueva forma de comunicación o, más bien, como una forma de encontrar pareja, sexual o sentimental. Esto, que visto desde el momento presente puede parecer un asunto comprometedor o delicado, probablemente sea más transparente y sano que el actual uso que solemos hacer de estos medios. Y no es que el propósito final haya cambiado excesivamente, aún sigue presente de forma activa o en modo de espera, pero se ha complementado con muchos otros objetivos. No es necesario mencionar (escribir esto y aún así mencionarlo) el potencial que tiene a nivel profesional, como medio de divulgación o forma de permanecer en contacto con los seres queridos. Esto es algo evidente que sólo un loco (o alguien con miedo a ser identificado como tal después de leer esta acusación tan gratuita) se atrevería a cuestionar. Centrémonos en la cara sombreada, esa que sólo se contempla adecuadamente cuando pasa el tiempo necesario para que los ojos se acostumbren a la oscuridad (introducir metáforas de dudosa calidad mientras se pretende dar un enfoque “arreglado pero informal” es muy complicado).

Lo cierto es que, en la actualidad, los perfiles personales de las redes sociales se han convertido en gigantescos expositores de carencias. Todos exhibimos nuestra mejor fachada. Todos somos personas profundamente reflexivas e interesantes, todos somos increíblemente ingeniosos, graciosos, comprometidos, sensibles, reivindicativos, solidarios, bohemios y, por supuesto, nada ególatras. Claro que, cuanto más nos esforzamos en proyectar alguna de estas virtudes, más patente se hace la simulación. Pero supongamos que la ficción finalmente traspasa y resulta creíble. Seamos quienes seamos, hay que advertir lo sencillo que resulta construirse una carta de presentación a medida, puesto que tenemos el tiempo suficiente para escribir la mejor respuesta, subir la mejor fotografía o compartir el mensaje más alentador. Nada sucede a tiempo real ni ante varios pares de ojos evaluando gestos y generando juicios. Tenemos el tiempo que necesitamos para inventarnos.

Obviedades aparte, cada vez es más preocupante que nuestra presencia en la red haya condicionado nuestra vida fuera de ella. El deseo natural de compartir las experiencias ha conseguido que estas se vivan con menor intensidad. La fotografía ha dejado de ser la inmortalización de un momento especial que merece ser recordado y se ha convertido en la interrupción de dicho momento para ser contado. Las apasionantes vidas de nuestros contactos nos obligan a estar a la altura constantemente, a entrar en el juego y a exponernos hasta límites insospechados. Y la presión que ejerce el hecho de no querer pasar desapercibidos puede llevarnos a mirar la realidad desde ojos ajenos, a vivir según las preferencias de nuestras amistades o las de la persona a la que queremos impresionar. Nuestra personalidad auténtica puede diluirse en función de la demanda de nuestro público, o en función de cuánta honradez estemos dispuestos a sacrificar.  Además, cualquier cosa merece ser compartida, con la desvirtuación de la comunicación que eso supone. El contenido se banaliza hasta llegar al nivel de charla de ascensor, donde al menos hay una justificación por lo incómodo que puede resultar el silencio. En Internet no sólo se prefiere, sino que prolifera. La extensión y la profundidad en una materia concreta se sustituyen por 140 caracteres que informan sobre la deliciosa cena. Y salirse de lo insustancial puede llegar a ser excluyente. Si no juegas, estás fuera. 

Pero también hay maquillaje en la cara interna de la careta. Hacer crítica de lo superficial que resulta este tipo de comportamiento, mostrar un lado más sofisticado, huir de las preferencias de la masa para refugiarse en las de una minoría que afirma ser original pero no es más que la copia de algo ya inventado, puede resultar igualmente impostado. Creer y declarar que somos excepcionales nos convierte automáticamente en ordinarios, de la misma forma que un gesto altruista pierde su condición de tal en el mismo instante en que es contado. 

Fuente: mtdremer.hubpages.com

Ninguno de estos comportamientos debería ser perjudicial siempre que uno sea consciente del motivo que le impulsa a tenerlo, siempre y cuando sepa distinguir entre lo que hace para sí mismo y lo que hace para los demás. Dónde acaba la piel y comienza el mundo. Conseguir verse desde fuera y desentrañar las razones quizá permita seguir llevando las riendas, aunque en ocasiones esa perspectiva desemboque en rubor. Y quizá sea necesario tener en cuenta que debajo de todo esto suele subyacer la misma verdad: la necesidad de que nos presten atención, de que nos aplaudan, de sentirnos especiales. Es algo humano, no merece la pena flagelarse. Pero puede ser conveniente pensar en ello antes de desnudarnos por enésima vez. Y también puede ser conveniente permanecer atentos al contacto que monopoliza nuestro muro, el que tiene la vida más vibrante. Quizá sea en realidad el que más ayuda nos esté pidiendo a gritos.

Entereza

Cuando traspasas el umbral de una estancia donde descansa un enfermo puedes sentir cómo la gravedad se acentúa, cómo tu cabeza desciende ligeramente sometiéndose a la pesadumbre. Aguantas unos segundos para exhalar, y procuras que sea de forma imperceptible, como si expulsar el aire con una intensidad normal pudiera significar que la situación no te sobrecoge. Nunca usas sombrero, pero en ese momento te gustaría hacerlo sólo para poder quitártelo. Durante los primeros segundos, es posible que estés más preocupado por mostrar respeto y compasión, aunque reales, que por el propio enfermo.

El enfermo no parece estarlo, porque su enfermedad es de esas que acaban con uno lentamente, desde dentro, así que su cáscara está prácticamente intacta. No has venido solo pero los demás visitantes están tan afligidos como tú, lo que dentro de unos minutos tendrá aspecto de grupo todavía es un conjunto de individuos taciturnos. La única persona que desprende energía en la habitación es precisamente la que menos tiene en reserva. Esa persona parece estar más viva que nunca.

Parte de la vitalidad proviene del deseo de mostrar su mejor cara, de alegrar a sus visitas, de irradiar y contagiar entereza. Es su deber, su forma de corresponder a la atención que le están prestando. Pero esa es sólo una pequeña parte. El resto proviene de un valor desmesurado, de un esfuerzo titánico y diario que le obliga a mantenerse siempre por encima del nivel medio, como margen de seguridad ante los ineludibles picos de la curva.

El enfermo está rodeado de objetos. Regalos y recuerdos que su seres queridos han ido esparciendo por la habitación a lo largo de los días, de los meses. Objetos nada ostentosos aunque muy elaborados, muchos de ellos artesanales. Objetos que el enfermo muestra entusiasmado mientras explica sus distintos orígenes. “No subestiméis la importancia de los objetos”, leí una vez.

Esa persona tiene un grave problema, el Problema. Tú sabes que todos tenemos problemas, aunque no pueden compararse con el Problema. También sabes que hay personas con problemas más graves que los tuyos, pero eso no aligera tu carga, puesto que cuando aparecen, no puedes ignorarlos sólo porque los de otros pesen más. Además, el más grave de tus problemas, por liviano que sea, será el que establezca el límite superior de tu pesadumbre, la cual oscilará bajo ese margen, agotándote tanto como a otro que tenga el límite muy por encima. Por tanto, para ti, tus problemas son algo grave. Sabes que no son el Problema, pero pesan.

Pero también sabes que jamás contarías a la persona que está enferma tus problemas. Te morirías de vergüenza y te sentirías despreciable si le confesaras tus ridículas preocupaciones. Y es que tus problemas no son como el Problema. Tus problemas son más bien una musculatura enclenque, incapaz de levantar problemas.

Esa persona tenía el Problema. Intentar mandar mensajes al viento como si pudiera recibirlos no tendría mucho sentido y sólo inducirían al dolor lacrimógeno. Desear no sufrir la misma suerte, bueno, el azar no acepta peticiones. Quizá lo más sensato sea tener presente la mejor de sus innumerables virtudes, e intentar adoptarla como propia, y entrenarla. Así, si alguna vez aparece el Problema, tal vez los músculos estén más preparados. El problema de el Problema no es que el peso finalmente venza, sino que parezca pesado.

Mujeres reales

Debo reconocer que siento un desapego casi visceral hacia la publicidad. Creo que se debe en gran medida al bombardeo mediático, a las constantes interrupciones del entretenimiento, al muro que te devuelve una y otra vez a la realidad cuando estás profundamente sumido en un hilo argumental, al igual que sucede cuando tienes la mente intoxicada por alcohol u alguna otra sustancia que te hace creer que tu monólogo interior es increíblemente ingenioso hasta que tomas conciencia de que esa creencia probablemente se deba sólo a la intoxicación, y te das de bruces, mueves la cabeza a un lado u otro fingiendo que estabas despierto y que te has percatado de todo, hasta que vuelves a sumergirte de nuevo en tu epopeya. Y aunque el origen de esta aversión esté bastante claro y sea algo casi infantil, se ha ido reforzado año tras año a medida que el escepticismo crece en uno mismo de manera irrefrenable.

La publicidad es necesaria, todos hacemos uso de ella en algún momento de nuestras vidas, es indispensable para el desarrollo de la economía y todas esas cosas que sabemos que son ciertas y recitamos como un mantra sin la necesidad de profundizar en ellas. Es necesaria, es cierto, rebatir esto sería ridículo.

El problema llega con las técnicas que se han llevado a cabo en los últimos años. La publicidad, en su origen, se centraba sobre todo en la información del producto, tenía un enfoque más pragmático. Pero con el paso del tiempo, la evolución de la sociedad, la creciente superficialidad y la simplificación (aparente al menos) de cualquier mensaje con el que se pretenda calar en el público, se ha optado por un enfoque más emocional. El deseo. Se trata de hurgar en las mentes de los espectadores (expresión melodramática en concordancia con los trucos del objeto de nuestra reprimenda) para saber qué desean, o bien decírselo en caso de que no lo sepan, jugar con sus miedos, sus debilidades, y venderles seguridad y confianza. Porque el fin es vender algo, es evidente y comprensible, aunque no tanto el modo en que se lleva a cabo.

La estética, a cualquier nivel, juega el papel principal. Prometer distinción, un mejor aspecto disfrazado de una mejor salud, aludir a la naturalidad del producto, avalarlo por un estudio muy fidedigno o una encuesta que nada en las lagunas de la estadística, son las tácticas más comunes de la publicidad diaria, principalmente televisiva. Y no es del todo un problema grave que nos haga suspirar de indignación mientras negamos con la cabeza, puesto que casi la totalidad de la población es consciente de estas artimañas y es impermeable a este juego sucio. Sí lo es, sin embargo, que dicha publicidad se apoye casi siempre en la mentira, más o menos obvia, más o menos grande, que subyace en la mayor parte de los anuncios. A veces, incluso se anuncia la propia mentira, con letras muy pequeñas que pasan muy rápido a pie de las imágenes, que podrían contener faltas ortográficas  puesto que quien las escribió tampoco fue capaz de leerlas en aquel momento. Casi todos los anuncios contienen alguna mentira. Y aunque algunas son inocuas, otras juegan con el desconocimiento de la población en materia científica, como puede ser la química o la medicina. Y existen organismos para evitar que esto suceda, pero a menudo transcurre un periodo de tiempo demasiado extenso entre la primera emisión del anuncio y la desacreditación por parte del organismo regulador y posterior retirada del mismo, tiempo en el cual se han reembolsado con creces los gastos  del anuncio y de una asumible e improbable denuncia.

Me gustaría mencionar un par estrategias de recientes campañas en las que considero que la sutileza y el cinismo van de la mano. Una de ellas consiste en explotar los sentimientos más nobles de los seres humanos: la compasión, la esperanza, el sentido de la comunidad. En dar aliento de una u otra forma. Mensajes positivos, un homenaje a un personaje público difunto, sobreponerse a la crisis, dejarse llevar, unas merecidas vacaciones en la playa con gente muy alegre y sospechosamente atractiva que baila al son de la canción más odiosa jamás compuesta (quizá esto último se sale del espectro a tratar, podemos tomarlo como un pataleo)… en definitiva, construir un viral. Algo de duración considerable, que provoque una sonrisa en el espectador, el cual, de pura dicha, recomendará a un amigo o lo publicará en su red social.

La otra estrategia consiste en acortar distancias entre la gente de a pie y el ideal estético. Apoyarse, por ejemplo, en un eslogan como “mujeres reales”. Mujeres con un ligero sobrepeso, unas caderas anchas o una edad avanzada que provoquen que el resto de mujeres piense: eso es belleza, así soy yo, así debe ser una mujer. Mujeres que, además del sobrepeso o la edad, curiosamente, tienen una belleza particular y unas facciones dignas de cualquier marco de fotos a estrenar. Pero antes de percibir la trampa, la distancia original ya se habrá estrechado, el mensaje habrá calado y el producto estará bailando en la mente o en las palabras del espectador o espectadora (quizá víctima era excesivo).

Fuente: bigbelleswomen.com

Ambas formas se basan en animar al espectador disfrazando de causa un producto. Y a pesar de que alguna de estas formas pueda tener efectos positivos en el público, el origen de estos anuncios sigue siendo sucio. Y es sucio porque no se parte de la causa, del mensaje de aliento, del brazo sobre el hombro; se parte del estudio del mejor modo de vender el producto, independientemente de su calidad, la cual ni siquiera hay que mencionar. Es sucio porque es una treta, porque es lo opuesto a la honradez que debe cimentar unos valores. Porque la ética forma parte de un mundo que tiene poco que ver con la publicidad, al igual que con la abogacía, y esto no es algo malo per se, lo malo es fingir que ambos mundos se tocan. Y es obvio, pero no por ello desdeñable. La causa es una emboscada, una distracción previa al lanzamiento de falta que, por mera dignidad, deberíamos filtrar desde el primer segundo, antes de que nuestra sonrisa y posterior recomendación propaguen el mensaje, mientras alguien a quien no le importa en absoluto la causa en cuestión ve cómo se llena su cartera a la vez que se regodea por haber violado a nuestro pensamiento, antes de que, una vez más, despertemos al darnos de bruces contra el muro.

Pronto encontrarás a alguien

— No te preocupes, pronto encontrarás a alguien.

Así, sin más. Como una palmadita en la espalda para dar ánimos ante una etapa que se presenta adversa, al parecer. Sin haber mostrado indicios de búsqueda. Como ofrecer un pañuelo sin que asome una lágrima. Asumiendo, por tanto, que dicha aspiración es el camino natural, obligado y deseable. El bien más común, el sueño del ser humano, el Propósito. Encontrar a La persona que te complemente para que puedas marcar la última casilla de las tareas pendientes. De eso se trata, ¿no?

Vamos, busca. No te des por vencido. Sabes que hay alguien ahí para ti, alguien que espera con inquietud tu llegada, alguien como tú. Venga, no desesperes, darás con esa persona. Los anteriores intentos no funcionaron, no eran La persona. El paso del tiempo se ralentiza ante tu impaciencia, es inevitable, pero no desistas. Invierte ese tiempo en soñar con tu futura felicidad, así será más llevadera esta angustia pasajera. Vuelve a llamar a los amigos a quienes tenías algo descuidados, apóyate en ellos para conocer a más gente y así encontrarla. No debe notarse que pasas por un mal momento, tienes que desprender confianza para que cuando La persona aparezca se fije en ti. Espera, ¿quién es esa? Vaya, te encanta. Lánzate, no tienes nada que perder, adelante.

Ey, sonríe, ya está todo hecho. Lo has conseguido. Sí, la proeza que algunos de tus amigos ya habían logrado, por fin te ha tocado a ti. Te ha tocado el premio. Ya no serás un triste soltero más, un apestado, ahora tienes pareja y podéis ir por ahí de la mano. Los demás no te verán con los mismos ojos. Ahora formas parte de esa élite, has subido unos peldaños y desde aquí arriba puedes ver a los que siguen abajo con una mezcla de lástima y complacencia. Ya puedes caminar con la cabeza bien alta, sin miedo a que especulen sobre tu dilatada soledad, tus rarezas o tu escaso atractivo. Ahora estás dentro, tienes un pase vip.

Por fin puedes hacer esos planes que hacen las otras parejas. Jamás habías imaginado lo mucho que te gustaba salir a cenar o tomar una copa en un bar al anochecer para volver temprano a casa. Siempre te gustó el cine, pero no sabías que eras un cinéfilo empedernido, revisando la cartelera cada semana, o sentado en el sofá viendo la última película que has descargado, la crítica es buenísima, le comentas. Comer en casa a mediodía es ahora todo un ritual. Siempre te gustó comer, pero no sabías que adorabas poner la mesa con todo lo necesario, guardando el orden establecido, cocinando con más utensilios que nunca, haciendo las cosas como se deben hacer. Y pasar la tarde viendo la televisión, juntos. No sabías que te gustaba tanto la programación. Jamás habías pensado que todo esto es en realidad lo tuyo, que tú también eres como toda esa gente, que eres normal. Al igual que viajar, siempre tuviste gran curiosidad por conocer otros países, otras culturas, y nunca tuviste reparos en hacer tuyo ese cliché, pero jamás intuiste que te gustaba tanto visitar los pequeños pueblos de tu provincia. Fotografiar plazas y monumentos locales, erguirte desde los miradores. Cosas que antes te habrían aburrido, ahora son el magnífico plan para el puente. Adoras esta vida, ahora sí que es genial, ahora haces lo que hacen las otras parejas. “Un fin de semana genial, estamos agotados”, publicas en la red social, por si aún queda alguien que no sepa que vosotros también hacéis los planes que deben hacerse en pareja. Tú también juegas y por fin eres feliz. Repites esto para ti mismo.

Fuente: flyicarusfly.com

Ya lleváis algún tiempo juntos. Disfrutas del siguiente paso en tu relación. La situación no es tan alocada como al principio, hay mayor estabilidad y una confianza mutua, una complicidad que no exige tantas muestras de cariño, no es necesario tanto elogio ni tanto contacto, estáis ya en otro nivel, un nivel más maduro. Ya os habéis relatado vuestras biografías al completo, y está bien así, hablar tantísimo de uno mismo es narcisista. Ahora habláis de terceros, comentáis sus errores y hacéis especial hincapié en sus conductas inmaduras, ya no tienen edad de hacer esas cosas, os decís. Son Inmaduros. Articulas especialmente bien esta palabra, porque la crees realmente, es una respuesta física natural, un énfasis que denota seguridad, que no haya lugar a dudas.

Tu amigo, el eterno soltero, no sabe lo que se pierde. Siempre trasnochando los fines de semana, sin nadie excepto él mismo en sus pensamientos. No conoce el placer que produce tomar cada decisión teniendo en cuenta a otra persona más, la satisfacción que genera pensar por dos y no por uno. Menudo egoísta, estas son las cosas que te hacen sentir responsable, en esto consiste ser un adulto. Qué poca estabilidad, sin ningún tipo de compromiso, entrando y saliendo como si fuera un adolescente. Lleva demasiados años esforzándose en masticar y tragar sus propios errores, solamente contando con los colegas cuando no puede encajar algún golpe en soledad. Con alguien a tu lado eso no es necesario, porque tienes una vía de escape en caso de que la pesadumbre apenas se huela. No hace falta endurecerse e insensibilizarse, no se necesita tanta introspección para conocerse mejor y aprender a lidiar con la aflicción. Es mucho mejor verter la carga, contárselo a tu pareja, que te conoce por ti y te comprende, y te socorrerá siempre que lo necesites. Es casi como prolongar en el tiempo la figura materna, pero de una forma mucho más adulta.

Sí, la felicidad es esto. Tanta naturalidad, tradición y romanticismo no pueden estar equivocados. Lo que todos buscan tiene que ser por lógica lo que tú también buscas. Si ni siquiera te lo habías planteado antes, no te preocupes, puedes ahorrarte la reflexión: lo quieres, lo necesitas. Porque este es el objetivo prioritario. No hagas caso de los mensajes disuasorios acerca de crecer como individuo, son la farsa que sostienen los que no consiguen encontrar a La persona. Tú conoces la Verdad, y cuestionarla es de libertinos, de parias. No buscar a La persona es, en el fondo, asumir que no eres capaz de dar con ella, que no tienes el coraje suficiente. No buscar es de cobardes, y tú no eres un cobarde. Repites esto para ti mismo.

Yo no veo a ningún elefante

Ya son casi mil muertos en el desastre de Bangladesh, y la difusión que ha tenido la noticia no ha correspondido a la magnitud de los hechos. Al parecer, ni siquiera las empresas occidentales que importan la ropa de allí son plenamente conscientes de las pésimas condiciones en las que trabajan los empleados de la industria textil. Todo el mundo se echa las manos a la cabeza, intenta limpiar su nombre mediante algún comunicado, unos cuantos cierres de industrias, algún arresto, un lavado de cara del asunto y listo. Escribir sobre todas estas “grandes” medidas que se están llevando a cabo, sobre los salarios, las edades de los empleados, las jornadas de trabajo, etc., se escapa a mis competencias y a mis inquietudes aquí, y ya se ha escrito sobre ello. Aunque es importante conocer todos estos datos para percibir someramente la dimensión del problema.

Es algo que todos conocemos, nada nuevo. Sabemos de la procedencia de las prendas que compramos en esas tiendas en las que escuchamos música sintética. En las etiquetas viene reflejado, eso sí, con un tamaño de letra muy inferior al del precio, lo cual resume a la perfección la esencia de toda esa maquinaria. Y sabemos que es injusto, nos afligimos cuando descubrimos una catástrofe de esta índole, dejamos escapar alguna palabra que exprese nuestro desdén, y poco más. Este fin de semana salimos, y necesitamos algo nuevo que comprar para ponernos. Lo necesitamos.

Lo que viene antes a la cabeza ante algo de semejante envergadura es un “y qué le vamos a hacer”. Podríamos entrar en un debate infinito que no nos llevaría a ninguna parte, vamos a soslayarlo aquí. También hay que señalar que las principales preocupaciones del momento tienen más que ver con problemas cercanos, que no son pocos. Pero lo sorprendente es que ese encogimiento de hombros no se genera de forma tan automática ante otras cuestiones igualmente complejas, de distinto carácter, como pueden ser el aborto, la eutanasia, el maltrato, la corrupción, el medio ambiente, los derechos de los animales, etc. Hay una infinidad de causas e idelogías a las que apoyar o en las que posicionarse, cada uno elige (o no) la suya, o las suyas, y las defiende más o menos directamente. Pero hay una lucha clara, si no gritada, al menos interna. La cuestión textil, sin embargo, es lo que los angloparlantes denominan an elephant in the room.

Fuente: wordpress.com

¿Cuáles deben ser los motivos para que nos importe tan poco? Porque nos afectan menos esas muertes que ese vídeo de un hombre golpeando a un perro, o ese otro del político de turno metiendo la pata en el Congreso. No exageremos, podemos pensar. De acuerdo, las muertes de cientos de personas siempre tendrán una posición privilegiada en nuestro código moral, ese que tenemos en la repisa del mueble de la entrada, recibiendo a nuestros invitados con gesto solemne. Pero, ¿realmente ocupan un porcentaje de tiempo equivalente de nuestros desvelos? Quizá dediquemos más tiempo a pensar qué ponernos esta noche.

Tal vez, la causa última sea que no tengamos un objetivo claro al que apuntar: un maltratador, un corrupto, un inmoral, un enemigo visible y focalizado. Alguien o algo sobre el que verter nuestra ira y reclamar justicia. Aquí parece que ese objetivo está difuminado, que la culpa está esparcida por todas partes y que nos salpica. Sí, nos salpica. Formamos parte de esa cadena, consentimos y alimentamos su funcionamiento. De no ser así, nuestro modo de vida se vería alterado, y la opción de gritarnos en el espejo mientras nos probamos ropa no resulta muy apetecible.

Es posible que el origen de esta paradoja se encuentre en que hayamos confundido el orden con el que construimos nuestro sistema de valores. Que hayamos empezado por el final, probablemente por simplicidad, que apoyemos causas que son importantes y necesarias, pero que quizá debieran ocupar un segundo o tercer lugar, sin olvidarlas por ello. Que nos hayamos identificado con la  lucha contra el enemigo externo sin habernos parado lo suficiente a discutir con ese con el que dormimos. Puede que además sea conveniente devolver el significado que merece a la palabra necesitar.

Y no hay que ser hipócritas, dentro de unos días tendremos que ir a por una o dos prendas nuevas y tampoco estaremos haciendo daño a nadie. Sería suficiente con que al menos nos detuviésemos un segundo  extra, que dejemos de eludir a ese elefante, que se remueva algo ahí dentro de vez en cuando y podamos hablar del tema, que nuestro próximo emblema revolucionario tenga menos atavíos y más desnudez. Que si hay que escupir a alguien, no sea tan mala idea empezar escupiendo hacia arriba. Quizá, segundo a segundo, algún día podamos completar el minuto de silencio.

Somos mordaces, somos arteros

Nos suele pasar a los que tenemos un sentido del humor ácido, que a menudo nos dejamos llevar por la exaltación en los momentos de juerga y elevamos ligeramente el límite de lo que, en un estado más sobrio, consideraríamos como permisible. Y no me refiero al humor negro que tanto nos divierte y que a veces nos hace quedar mal cuando reímos, no. Me refiero a ese con el que, venidos a más por alguna cerveza que de pronto nos ha convertido en alguien más gracioso (o en alguien con menor filtrado, o con un umbral del humor que ha descendido a la par que la cerveza, junto con el umbral de los que nos ríen la gracia), podemos herir a quien tenemos enfrente. Hay que reconocer que es más sencillo hacer mofa de alguien conocido por los que nos ríen, más solemne si está presente, que conseguir arrancar la carcajada grupal hablando de temas inocuos o de terceros. Se puede, sí, pero no nos resulta tan tentador. Eso requiere una mayor pericia en el lenguaje no verbal o una gracia natural contando chistes, nosotros no gastamos de eso.

En la mayoría de las ocasiones que empleamos el humor cínico con nuestra víctima la tentación no reside en el hecho de conseguir la risa. Sí, es un premio que no viene nada mal, y nos regocijamos al conseguir lo que pretendíamos con la broma. Pero no es el trofeo que perseguimos cuando nos lanzamos, entornando los ojos y sonriendo de un lado, imitando con precisión la expresión que encaja con la palabra pillo. Las risas son sólo la confirmación de lo que sabemos con certeza, nos sirven para reafirmar aquello de lo que estamos seguros de antemano: somos ingeniosos. Hemos hecho un comentario muy ingenioso, hemos sabido vislumbrar la tara de nuestro compañero en esa última afirmación que acaba de hacer, la hemos puesto sobre la mesa para que todos sepan que la hemos descifrado y hemos conseguido anotar. Estupendo.

Dos sátiros, Rubens. Fuente: wikipaintings.org

Pero es que somos muy inteligentes, vemos más allá que el resto de nuestros conocidos y sabemos leer cada detalle. Nada se nos escapa. Las risas lo han corroborado una vez más. Es cierto que nuestro amigo/víctima ha simulado una sonrisa poco creíble, ha recurrido a un segundo trago de la cerveza muy poco espaciado en el tiempo, a ocultarse tras el vaso, pero es un pequeño golpe sin importancia. El grupo lo pedía, a veces hay que sacrificarse por él, son sólo bromas, bromas un poco sucias, sí, pero bromas al fin y al cabo. Conocer la distinción entre de broma y en serio forma parte de la madurez. No hay que darle mayor importancia, y además hay que dejar claro de vez en cuando que somos los más agudos aquí, que no tenemos taras y que somos los más equilibrados.

Claro que no es el primer “tirito” de nuestra autoría que se lleva el amigo. Solemos lanzárselos a él, quizás por ser el más débil, porque no es débil pero tampoco acostumbra a objetar nada, porque es el más bonachón, porque lo consideramos más reprensible, porque sobreactúa en exceso o por una mezcla de todo lo anterior. Se merece un toque de vez en cuando, un sabemos de qué palo vas.

Pero hay dos patas cojas en esta mesa. Una de ellas es que en realidad no somos tan ingeniosos ni tan inteligentes como creemos. Esta ilusión probablemente venga de no habernos rodeado lo suficiente de semejantes (o sí de semejantes aunque con menos aires de grandeza), o de demasiadas alabanzas tempranas, o de no haber dado aún con el compuesto básico que neutralice nuestra acidez. Alguien que nos haya ridiculizado alguna vez y nos haya recordado que estamos hechos del mismo material quebradizo. Alguien más mordaz, más artero, más agudo y con menos escrúpulos que nosotros, capaz de sacar a la luz la tara que no sabíamos que teníamos o que intentábamos reprimir. La otra pata coja es que la confianza que nuestro amigo podía tener en nosotros irá menguando con el tiempo. No hay que tomárselo a mal, nos decimos, pero broma a broma iremos generando cierta aprensión que no podremos contrarrestar con buenas palabras, invitando a la siguiente cerveza o confiándole algún secreto. La mesa seguirá siendo funcional, coja por partida doble pero simétrica. Eso sí, no podemos pretender que  los objetos que depositemos sobre ella vayan a mantenerse ahí como el día en que la estrenamos.

Sucede así que esta “certidumbre” de creernos por encima del otro a algún nivel es pura ficción, pura falta de tropiezos y de cura de humildades. Es señal de que nos hemos dado pocas duchas muy largas con la mirada perdida mientras nos masajeamos la mejilla, aún resentida por el último impacto. Señal de que nuestro espejo sigue encorvado y nos devuelve la imagen aumentada.

Y no nos confundamos, la expresión de pillo que tanto nos gusta adoptar no convierte nuestro comentario en ingenioso de forma automática. Lo único que consigue es revelar al otro pillo, el cual espera paciente su turno, que estamos convencidos de que nuestro comentario es ingenioso, que nos sabemos listos y que vamos a demostrarlo. Justo ahí, justo en ese momento, acabamos de enseñar el talón, y nuestra fortaleza se ha convertido en el arma que él usará contra nosotros y que, con más o menos ingenio, podrá lograr que ahora nos llegue el turno de fingir una sonrisa y darle un atropellado trago a la cerveza, la cual no recordábamos que estaba vacía y que la sosteníamos por no saber qué hacer con ambos brazos desocupados, consiguiendo potenciar el efecto cómico y desmantelando nuestro más que manido escondite.

Pedantes

Unos meses atrás tuve la suerte de asistir a un ciclo de conferencias muy interesante. El último de los ponentes fue quien tuvo más éxito captando la atención de los que asistimos, para bien o para mal. Era el más joven de ellos, el más enérgico, el que usaba un lenguaje más cercano, el que más se movía sobre la tarima. A ratos se sentaba sobre el borde de la mesa con aire informal, otras veces bajaba del estrado y se mezclaba entre las sillas de los oyentes para ser uno más. Desprendía y contagiaba seguridad, sabía bien lo que hacía.

Durante los primeros minutos logró mantener a la audiencia embelesada. Comenzamos a advertir, sin embargo, que en ocasiones dejaba escapar alguna que otra palabra malsonante, momento que algunos aprovechamos para mirar de reojo al supervisor del ciclo: un reputado catedrático, especialmente correcto en las formas, que supo mantener la cara de póquer.

A medida que la charla continuaba, se iban repitiendo más y más estos intentos de proximidad, que producían el efecto contrario al deseado por el orador. La intención de romper con la tónica de la formalidad en las ponencias anteriores parecería una buena idea en cualquier otra situación, pero por algún motivo no estaba funcionando. Se comenzaba a palpar algo de tensión en el ambiente. Quizá la personalidad arrolladora del conferenciante tenía algo que ver. Quizá porque hablaba demasiado de dinero, y se jactaba de no haber terminado los mismos estudios que seguíamos cursando los allí presentes. Quizá representaba el ideal de algunos, inalcanzable a corto plazo; y quizá el antagónico de otros, que no querían avanzar en aquella dirección. Sea lo que fuere, entre sus innumerables consejos cabe destacar aquel en el que más hacía hincapié: “no seáis pedantes.

Fuente: flickr.com

No se trata de desprestigiar aquí a nadie, que por otra parte no tendría ningún sentido puesto que aquel hombre se dedicaba a vender , y sabía cómo hacerlo. Además, hablar en público no es fácil, y este parecía ser su medio natural. Se trata de deshuesar la expresión “ser pedante” o, mejor aún, de reflexionar sobre lo que significa para cada uno. A juzgar por el lenguaje del ponente, el significado que le otorgaba era evidente. Pero más tarde, cuando tecleé su nombre en la web (nos invitó a hacerlo) y di con su página personal, donde encontré todo tipo de contenidos, me sorprendí al observar el peso que tenía allí el lujo como forma de vida, la ostentación. Si aparecía comida, era langosta, angulas o carpaccio de algún animal que creía extinguido. Si aparecía bebida, era un buen vino (con la etiqueta particularmente bien visible). Una y otra vez, la palabra coche era sustituida por la palabra Audi.

La RAE da un significado algo más amplio del término, pero imagino que el sentido más aceptado es el que insinuaba el orador. Por supuesto, se puede hacer “alarde de erudición” usando un lenguaje más o menos erudito, pero las palabras rimbombantes tienden a corroborar los prejuicios de quien las escucha con mayor rapidez. Depende en gran medida del contexto en el que se usen, claro, pero este parece ser el sentimiento más generalizado. Son una ofensa, la sensación del te estás riendo de mí, o del quién te crees que eres. No se contempla la posibilidad de que el lenguaje con el que se habla sea el mismo que el lenguaje con el que se piensa. No. Es pedante. Parece más adecuado moldear las palabras para adaptarlas a la presunción que se tiene del interlocutor, y condescender, e infravalorar.

Quizá se puede ser pedante, o engreído, o pretencioso, de formas muy distintas. Quizá se puede lograr usando la metonimia Audi, o usando la palabra metonimia. El espectro de lo cargante puede ser muy amplio. Al fin y al cabo, la sentencia la dictamina el juez, no el acusado. Tal vez en lo que todos coincidamos sea en el mal recibimiento que tienen algunos consejos, sobre todo los no solicitados.