Somos mordaces, somos arteros

Nos suele pasar a los que tenemos un sentido del humor ácido, que a menudo nos dejamos llevar por la exaltación en los momentos de juerga y elevamos ligeramente el límite de lo que, en un estado más sobrio, consideraríamos como permisible. Y no me refiero al humor negro que tanto nos divierte y que a veces nos hace quedar mal cuando reímos, no. Me refiero a ese con el que, venidos a más por alguna cerveza que de pronto nos ha convertido en alguien más gracioso (o en alguien con menor filtrado, o con un umbral del humor que ha descendido a la par que la cerveza, junto con el umbral de los que nos ríen la gracia), podemos herir a quien tenemos enfrente. Hay que reconocer que es más sencillo hacer mofa de alguien conocido por los que nos ríen, más solemne si está presente, que conseguir arrancar la carcajada grupal hablando de temas inocuos o de terceros. Se puede, sí, pero no nos resulta tan tentador. Eso requiere una mayor pericia en el lenguaje no verbal o una gracia natural contando chistes, nosotros no gastamos de eso.

En la mayoría de las ocasiones que empleamos el humor cínico con nuestra víctima la tentación no reside en el hecho de conseguir la risa. Sí, es un premio que no viene nada mal, y nos regocijamos al conseguir lo que pretendíamos con la broma. Pero no es el trofeo que perseguimos cuando nos lanzamos, entornando los ojos y sonriendo de un lado, imitando con precisión la expresión que encaja con la palabra pillo. Las risas son sólo la confirmación de lo que sabemos con certeza, nos sirven para reafirmar aquello de lo que estamos seguros de antemano: somos ingeniosos. Hemos hecho un comentario muy ingenioso, hemos sabido vislumbrar la tara de nuestro compañero en esa última afirmación que acaba de hacer, la hemos puesto sobre la mesa para que todos sepan que la hemos descifrado y hemos conseguido anotar. Estupendo.

Dos sátiros, Rubens. Fuente: wikipaintings.org

Pero es que somos muy inteligentes, vemos más allá que el resto de nuestros conocidos y sabemos leer cada detalle. Nada se nos escapa. Las risas lo han corroborado una vez más. Es cierto que nuestro amigo/víctima ha simulado una sonrisa poco creíble, ha recurrido a un segundo trago de la cerveza muy poco espaciado en el tiempo, a ocultarse tras el vaso, pero es un pequeño golpe sin importancia. El grupo lo pedía, a veces hay que sacrificarse por él, son sólo bromas, bromas un poco sucias, sí, pero bromas al fin y al cabo. Conocer la distinción entre de broma y en serio forma parte de la madurez. No hay que darle mayor importancia, y además hay que dejar claro de vez en cuando que somos los más agudos aquí, que no tenemos taras y que somos los más equilibrados.

Claro que no es el primer “tirito” de nuestra autoría que se lleva el amigo. Solemos lanzárselos a él, quizás por ser el más débil, porque no es débil pero tampoco acostumbra a objetar nada, porque es el más bonachón, porque lo consideramos más reprensible, porque sobreactúa en exceso o por una mezcla de todo lo anterior. Se merece un toque de vez en cuando, un sabemos de qué palo vas.

Pero hay dos patas cojas en esta mesa. Una de ellas es que en realidad no somos tan ingeniosos ni tan inteligentes como creemos. Esta ilusión probablemente venga de no habernos rodeado lo suficiente de semejantes (o sí de semejantes aunque con menos aires de grandeza), o de demasiadas alabanzas tempranas, o de no haber dado aún con el compuesto básico que neutralice nuestra acidez. Alguien que nos haya ridiculizado alguna vez y nos haya recordado que estamos hechos del mismo material quebradizo. Alguien más mordaz, más artero, más agudo y con menos escrúpulos que nosotros, capaz de sacar a la luz la tara que no sabíamos que teníamos o que intentábamos reprimir. La otra pata coja es que la confianza que nuestro amigo podía tener en nosotros irá menguando con el tiempo. No hay que tomárselo a mal, nos decimos, pero broma a broma iremos generando cierta aprensión que no podremos contrarrestar con buenas palabras, invitando a la siguiente cerveza o confiándole algún secreto. La mesa seguirá siendo funcional, coja por partida doble pero simétrica. Eso sí, no podemos pretender que  los objetos que depositemos sobre ella vayan a mantenerse ahí como el día en que la estrenamos.

Sucede así que esta “certidumbre” de creernos por encima del otro a algún nivel es pura ficción, pura falta de tropiezos y de cura de humildades. Es señal de que nos hemos dado pocas duchas muy largas con la mirada perdida mientras nos masajeamos la mejilla, aún resentida por el último impacto. Señal de que nuestro espejo sigue encorvado y nos devuelve la imagen aumentada.

Y no nos confundamos, la expresión de pillo que tanto nos gusta adoptar no convierte nuestro comentario en ingenioso de forma automática. Lo único que consigue es revelar al otro pillo, el cual espera paciente su turno, que estamos convencidos de que nuestro comentario es ingenioso, que nos sabemos listos y que vamos a demostrarlo. Justo ahí, justo en ese momento, acabamos de enseñar el talón, y nuestra fortaleza se ha convertido en el arma que él usará contra nosotros y que, con más o menos ingenio, podrá lograr que ahora nos llegue el turno de fingir una sonrisa y darle un atropellado trago a la cerveza, la cual no recordábamos que estaba vacía y que la sosteníamos por no saber qué hacer con ambos brazos desocupados, consiguiendo potenciar el efecto cómico y desmantelando nuestro más que manido escondite.

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